Siglote
Agonizaba el siglo xx, de manera explosiva, como un tigre malherido tirando zarpazos a fantasmas, y cada zarpazo creaba una nueva dimensión, allí en el aire se abría una puerta que invitaba a pasar. Rasguñados pues algún precio había que pagar, entramos a muchos lugares, paisajes, tomamos frutos de árboles desconocidos y los probamos, algunos sabían a fruto conocido, otros no y hacían brillar los ojos, dilatar las pupilas.
Pero llegado el momento, el siglo nuevo no nació, no se produjo reencarnación, el avatar sopló la vela y en oscuridad quedamos. El siglo sigue sin nacer para los ojos antiguos, esos ojos que vieron correr los minutos, como una cuenta regresiva hacia la ceguera.
La frase "todo tiempo pasado fue mejor" quiere cachetearte, alertarte, te pide a gritos que destripes ese reloj que late ante tu nariz. Que forjes en el metal invisible una explosión fotografiable. Porque eso va de mano en mano, de humo en mano, humano que fuma para apaciguar el ascua del miedo.
Los niños corretean en la oscuridad, felices porque el sol les entibia la piel, les carga vitaminas. Les vigilamos y podemos seguir sus trayectos porque fluorecen en el movimiento. Esa percepción indica que no estamos totalmente ciegos. Y la esperanza se alza en esa espera indiferente de que el parto sea tan explosivo y colorido como la agonía que lo propuso, y que rasgue el párpado oficial impuesto sobre nuestra visión.
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