Sueños
Yo soñé con esa hermosa fiesta -me dijo la niña de rasgos indígenas, sentada en la mesa con su hermano adolescente a su lado. Vos estabas y bailabas -agregó limpiándome así la tristeza del Gemelo autoexpulsado de la estancia por mal vendedor. Ansioso por vender, le pegó una patada en las caderas al dueño del lugar que se había reído a carcajadas cuando Gemelo le quiso vender un espacio de publicidad a $ 150 en la revista familiar. Era su idea organizar una fiesta con todos los negocios que publicitaban en la revista y todos se entusiasmaron cuando la comentó. Luego el dueño preguntó el precio del espacio y todo se pudrió. Gemelo tiró patada, tomó su mochila y se marchó, enojado, esperando que yo lo siga. Yo me acerqué a la mesa y la niña me susurró sonriente: yo soñé con esa hermosa fiesta. De pie, a su lado, con las manos sobre la mesa, su hermano me miraba sonriente también. Sus ojos me decían: ella tiene la posta, dejá que tu hermano se vaya... y vuelva.
Me divertía enfurecer al dragón que vivía en el subsuelo del edificio donde vivían mis padres. Entonces el dragón salía de su guarida, a la calle arrojando fuego sobre Urquiza esquina Salta. Yo me escondía entre las piernas de amigos que no recuerdo, que estaban sentados en una mesa muy larga en la vereda de calle Salta. El dragón era rojo o azul, según cómo la luz del sol lo iluminara y venía por calle Salta escupiendo fuego sin quemar a nadie ni nada, porque el fuego era para mí. Pasa sin verme y llega a esquina Francia. Yo decido salir de mi escondite demasiado pronto y el dragón antes de doblar hacia Francia me ve. Empiezo a correr perseguido, se acerca, el fuego ya me alcanza. Me subo a un gran árbol, quizás ombú, de ramas muy gruesas. Ya arriba del árbol quienes me persiguen son muchos clones de Prince, con la guitarra amarilla colgada, tocando la parte funky del tema Batdance, I wanna bust that body uh yeah uh yeah, son muchos, me rodean en las ramas anchas, salto del árbol y corro por la vereda de vuelta hacia Urquiza, pero parece ser en vano, corro a toda velocidad y a mi lado camina Prince, casi demoníaco de tan cool, con guitarra amarilla y trajecito púrpura, uh yeah uh yeah...
Y así la gran banda se preparaba para su gran concierto. En las afueras de la ciudad, sobre un gran zeppelin blanco alquilado, que flotaba en lo alto. En el futuro, el logo de la banda sería el zeppelin. El concierto haría historia, había olor a Beatles en el aire. Una tensión especial. Mucha gente trabajando, trailers y camionetas por doquier. Un famoso locutor de radio, que producía el evento, hacía equilibrio caminando por los cables de alta tensión, cargando amplificadores en los brazos a veinte metros de altura. Desde abajo, con ojos de hormiga, lo veían realizar esta proeza con sonrisa de Jeremy Irons, los dientes amarillentos de tabaco y cerveza, la barba a medio crecer. La banda, dentro de un gran acoplado, descansaba, o ponía a punto sus disfraces de fantasmas arlequinescos, afinaban instrumentos. El cantante de la banda azotaba las teclas de un piano instalado en el acoplado, mientras su hermano el baterista caminaba a su alrededor imitando el andar de Chaplin, saltando para chocar los talones...
Era el atardecer de un día laborioso, la gran banda sonaba impecable sobre el techo del zeppelin, espectros de un misterioso circo danzaban como hojas en el viento. El último sol, despidiéndose con gloria, atravesaba con rayos las blanquecinas túnicas de los músicos, transparentándolos. Desde los ojos de hormiga parecían dioses de un Olimpo inédito, revelando en canciones una historia antigua y actual, con melancólica voz.
En lo profundo, en el oeste final de lo urbano, se abren montes despojados donde el sol estalla delante de los ojos visitantes, derramando su luz dorada, revelada vibración que da vuelta las cosas expuestas a su actividad, aquí en el oeste quemado de oro intangible pero desbordante, vienen nuestros cuerpos a practicar descensos rodantes en las colinas de arena que ha formado alguna máquina municipal. Escalamos y desde la cima, nos dejamos caer como troncos. Atardece otra vez y nuestras almas amigas brindan, hacen sonar sus cristales suaves que se abrazan, quietud y movimiento en un lazo que entendemos como amor. Cerca, un estanque murmura y las burbujas que despide nuestro brindis flotan y llegan en bandada hasta la superficie inmóvil de oscuro verde del agua. Observamos ese beso que produce aureolas en el estanque, alas que la orilla detiene para que volvamos a casa, a salvo, antes que anochezca.
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