El Gonza y El Carlu
El Gonza y El Carlu se armó en 1996 y la conformamos el Carlu en guitarra, Martín Marguello en la batería, Tamara Fanta en voz y tecladito Casio y yo con el bajo y la voz. Eran canciones mías, febriles, con temáticas oscuras, que buceaban en algunos improbables traumitas infantiles, con visiones oblicuas de la realidad, pesimistas: la boca abierta hacia la calle, desde el hospicio de la sombra, podemos levantarnos para ir hacia la inexistencia del bien, cantaba en Producción de espuma, una especie de balada fruncida que explotaba en el estribillo, ¡producción de espuma en las grietas o danza de la cobra, como quieras! Aunque las canciones eran oscuras, en algún verso dejaban una lucecita encendida de donde aferrarse. Así, esta misma canción finalizaba diciendo: dibujo un árbol para que te subas y descanses…
Yo componía las canciones y le pasaba los acordes al Carlu para que los saque. Algunos acordes provenían de la influencia spinetta y eran raros. Creo que el Carlu sufría un poco al tener que arpegiar acordes un tanto incómodos, pero le metía voluntad a esos dedos. Tamara hacía arreglitos de juguete con el Casio y hacía coros. Martín experimentaba ritmos, mientras aprendía a tocar la batería. Siempre fue talentoso con cualquier instrumento que agarraba.
El patio de Callero, en una casa que alquilaban en Santo Tomé, con Vero y su hijo Simón, fue el lugar donde aconteció el primer concierto de El Gonza y El Carlu. Esas eran fiestas que se hacían para pagar el alquiler de la casa. Nosotros también nos unimos a esa movida. Una fiesta y zafabas el mes. Banda, dj a puro cd y cantina con cerveza y fernet. Creo que en esa fiesta bailamos Prince a conciencia por primera vez. El Fer tenía el Graffiti Bridge. Release it! A pleno. Armamos el escenario bajo una parra. Me acuerdo que el Fer (nos empezábamos a conocer recién) me dijo luego: escuchándote cantar a vos me dí cuenta que yo también puedo cantar. No se había animado todavía. Tal vez vio que sin grandes atributos vocales (ni muchísimo menos) se puede decir una canción con cierta dignidad, y el Fer tenía en espera una obra tremenda. En ese patio, una tarde se animó a mostrarme una de sus primeras canciones, si no la primera, la Canción del Membrillo, me alié con el membrillo tras una crisis de ira.
EN ESTE HORIZONTE ESTÁ EL DESIERTO
Oh mis princesas me van desmenuzando
desde la córnea al bosque corre la dulce liebre
Oh mis certezas, son el anzuelo en las encías
Muere por siempre, muere la almeja,
nosotros la pisoteamos
En este horizonte está el desierto…
Oh mis ventosas, me van justificando
se cierran y me abren, son humedad en mí
El segundo recital fue en Lennon Pub. Preparamos una publicación en papel rosado que contenía las letras de las canciones, acompañadas por una foto que le sacamos al sobrino de Ivana, de cuatro o cinco años, parado detrás de un cochecito de bebé con un taladro descansando en su interior. Arrancamos con una zapada loca a manera de intro sobre la cual yo gritaba: Dislexia, Afganistán, Gordura, Labio Leporino! Rodolfo Martoccia, ferviente oyente y estudioso de las bandas santafesinas, sentado bien adelante nos escuchaba con mucha atención. Luego había que quedarse hablando con él durante varias horas, te agarraba del brazo para que no te le escapes, mientras hablaba y preguntaba. Un personaje único y muy valioso de la cultura rock local.
ARAÑA NEGRA
La araña negra entró a gran velocidad
quedamos todos así hipnotizados
Espejos empañados, el corazón sangró
La luz piramidal veló mis ojos
Colmillos de marfil del elefante juez
se clava sobre mí, sobre mi espalda
Ya no me siento bien en este tubo de ensayo
Hay que buscarme ya, hay que encontrarme ahora
En mi cuerpo mueren las torres que edifica mi mamá
De las faldas del abismo cuelgan los males
y todo lo que nos rodea nos cabalga de maldad
El tercero fue en la localidad de Sastre. El Lacho era profesor de filosofía en una escuela secundaria de ahí. Una vez me llevó a una clase, con amplificador, bajo y pedal de distorsión. Y yo, ante los alumnos, tocaba el bajo solo, zapando, con distorsión, mientras el Lacho maquillado, sobre esa maraña que yo ejecutaba, les cantaba The beautiful people de Marilyn Manson. Esa era una clase. Le dejaban hacer esas cosas. Él tenía una banda junto a Virginia Perín, Selma López, Jorge Moreno y Diego Demarchi, que se llamaba Urganda la desconocida. Siempre se recuerda el tema El reloj de Dalí, donde el Lacho al micrófono aullaba el apellido del pintor español, como una dramática exhortación. En tu espina dorsal nace un nuevo reloj... Cuando se enteró que en la escuela querían hacer una peña, levantó la mano con el line up: Urganda, El Gonza y el Carlu, Varón Gay (los Varón B habían cambiado su nombre). Una banda de frikis sedientos cayendo a la ciudad en un viejo colectivo sin asientos. A nosotros, que arrancamos nuestro set cantando, imitando a un Barry White derretido, sobre el demo del tecladito Casio de Tamara, y a Urganda, no nos cazaron la onda ni por asomo, demasiado oscuros, aunque nos escucharon respetuosamente. Pero los Varón fueron la fiesta, el Fer Callero tocaba el bajo con ellos en ese show.
CANGURO DE GOMA
Quiero tener un objeto, un canguro de goma
Voy a guardar un secreto, es el capricho de toda mutación
Atravesando un espejo, doy con el ángel al revés
desaparece al instante, necesidad de todo Mr. Hyde
Hasta cuándo las palas van a hacer su aparición tardía?
Se inicia un movimiento en los dedos del muñeco vudú
es una música sorda, es una selva abierta en cruz
Un humo lleno de crimen, es como un salmo de gatos
Está colmando la pieza y la cornisa huele a mí
Las cosas que me despellejan nos abren la mañana
Las cosas que me despellejan no saben de mañanas
El último concierto fue en el mítico sótano de la Casa de la Cultura. Altos recitales habíamos visto allí (Carneviva, MAD, Dale Paseo), era como un templo. Pero ya no lo daban para que toquen bandas, creo que por peligro de derrumbe. Inventamos algo para poder hacerlo sin que Provincia se diera cuenta que iba a ser un recital. Presentamos una carta que explicaba que el evento a realizarse era una instalación musicalizada, y entró. Ivana hizo la instalación que consistía en juguetes adentro de bolsas de nylon llenas de agua, como ahogados en líquido anmiótico, suspendidos sobre las cabezas del público. También participaba un actor, un pibe que estudiaba Letras conmigo, que interpretaba a un bebé o niño (en pañales de sábana) que jugaba con un móvil sonajero de cucharas que habíamos fabricado, e interactuaba entre la gente. En el estribillo de la canción Los niños, Ivana y Ale Papini, subían repentinamente al escenario y gritaban en un micrófono: ¡Salir de la pieza! ¡Penitencia no! La primera estrofa inyectaba ya el clima necesario: te ruego que no me digas nada, no encuentro el camino del agua, los sueños, la siesta dilatada, despierto en la olla de la bruja mala…
Comentarios
Publicar un comentario