Salvador

 

Con el Fer Callero teníamos una relación de tirante admiración mutua. La experiencia de Imán había sido intensa y muy enriquecedora, también lo de Huevo (canciones del Fer, junto a Juan Rondina, Rehén, Guardián de amor, Miami), por lo tanto cuando regresó de su periplo europeo y quiso armar Salvador en formato trío con Juanjo Casals (de Sig Ragga) en bajo y yo en batería, agarramos viaje. Yo tenía la sala de ensayo en casa, en calle San Jerónimo y Santiago de Estero, con la batería incluida, así que estaba afilado con la bata aunque la tocaba a mi manera, muy autodidacta por supuesto. Supongo que bateristas se habrán horrorizado con mi modo de tocar (hi hat con mano izquierda, raid a la izquierda del hi hat), pero tuve algunos elogios también, por ejemplo de Adrián, en ese momento bajista pero antes batería de Butumbaba. Para mí, éramos como unos The Police subdesarrollados, recalcando lo de sub. Los temas del Fer estaban buenísimos, algunos más pop como Ahab (allors enfants, colmillos a su vaina, qué loco estoy perdiendo mi felicidad) u Ombligo, y otros más rockeros con picantes riffs de viola que el Fer sacaba de la galera, como Es una loca (si te dormís te pone papa en la boca) o Bosteza (vuelve en sí la bruja del sabath, intoxicada de hollín bosteza)… y hasta nos animamos con una versión bien fresca y lanzada de Last Train to London. Tocamos en el anfiteatro del Parque de Sur (junto a otras bandas, el Fer con shorcito bien corto de tenista para el horror de los rockeros añejos), en el Club del Vino (esa vez fuimos los tres de previa a tomar cocaína a la casa de mis padres, que nos quedaba cerca, en la cocina mientras mi padre miraba una película en el living; ya listos, salimos con la buena duraznela a dar un inspirado show).

Luego, como Juanjo a veces faltaba a los ensayos sin avisar, una de esas ocasiones el Fer se enojó, me dijo ya vengo, fue hasta la casa de Juanjo, que vivía con Úrsula en el sur, cerca del Birri, y le embocó una trompada que selló la salida de nuestro excelente bajista de la banda.

Esa vez que tocamos en el Club del Vino nos vio tocar el Turco Jozami, eminencia del blues santafesino, que cuando se cruzó con el Fer le hizo una singular propuesta. Él sería homenajeado por el municipio en un evento en la biblioteca del Foro Universitario y quería que los Salvador sean su banda, o más bien que toquemos nuestro repertorio con él como primera guitarra; creo que le había gustado nuestro estilo desestructurado de rockear, enarbolado por el Fer, por supuesto. Para el puesto de bajista se convocó a Joaquín Amaduzzi. Tamara fue invitada a meter unas teclas, el Turco le enseñó escalas árabes. Recuerdo particularmente un ensayo en el que tomábamos mate con varios cucumelos volcados en el termo. El ensayo fue delirante, desde la batería veía al Fer como con una máscara de demonio reptiliano que gesticulaba las letras de las canciones, al Turco como una especie de minotauro que arrancaba solos desesperados a su guitarra, la mitología hogareña del salvador… Me ha contado Margüello que en ese concierto en el Foro, mientras nos hacía sonido, vio cómo su hija Carmela daba sus primeros pasos solita caminando decidida entre la gente hacia el escenario, convocada por el rock salvadoreño.


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